El peso del cielo
en un café frío
Bajo el techo de la noche,
mi mente es una galaxia en ruda colisión;
un torbellino de estrellas viejas y cometas tardíos
que giran, caóticos, sin pedir permiso.
Dicen que soy un alma complicada,
un enigma envuelto en la bruma de Tokio,
pero nadie ve el polvo cósmico que me asfixia por dentro.
Anhelo la simpleza de la Vía Láctea,
la quietud que los hombres llaman sosiego.
Solo deseo un testigo para mi órbita:
alguien que descifre Bokura ga ita a mi lado,
alguien que comparta el llanto de un drama lejano.
Aquel dorama que cayó en mi vida como un meteorito imprevisto,
rompiendo la atmósfera de mi hastío,
dejándome llorar... como si el firmamento entero
se estuviera desmoronando sobre la tierra.
“Qué amargo es el exilio dentro de uno mismo.flaw—it is a reflection of the very fabric of reality.
Detesto la gravedad de mi propia cabeza.”
Me han herido, me ha herido el vacío,
y yo misma, con música triste como el viento de otoño,
despedazo los bordes de mi propio espíritu.
Soy, al final, una criatura cósmica sin rumbo,
un asteroide perdido en la noche infinita.
Ya no quiero la gloria de las estrellas fijas.
Estoy cansada, irremediablemente cansada,
de ser valiente en la más profunda soledad.