El café y la sombra
de las estrellas
El humo de la taza se extingue en un suspiro,
como el gas tenue de una nebulosa lejana que se apaga.
El calor se va tan rápido del barro
como se va la luz de un lienzo de Turner,
dejando solo el trazo oscuro de la penumbra.
El plato queda intacto, sombra muerta sobre la mesa,
un lugar helado donde el tiempo no avanza.
El cuerpo olvida el deseo de nutrirse
cuando el alma pesa más que la materia,
pesada como la gravedad de un agujero negro en el pecho.
Miro afuera. Los demás caminan ligeros,
trazados con la pincelada ágil de un boceto renacentista,
ajenos a la densidad del vacío que me rodea.
Quisiera ser como ellos: una figura serena en la multitud,
sin cargar este cosmos derruido,
sin sentir que la gravedad de los días me aplasta la garganta.
“¿Cómo se vive sin este invierno que todo lo tiñe?
Quisiera, solo por hoy, ser la luz limpia sobre un lienzo en blanco,
respirar sin pedir la venia de la pena.”
Pero hay días en que la melancolía no avisa:
cae como un meteorito ciego,
me tumba contra el suelo en absoluto silencio,
y la soledad se vuelve el observatorio mudo
desde donde contemplo, a solas, la inmensidad del colapso.